No sentía las horas correr, el tiempo parecía haberse detenido cuando mi mente cruzó el umbral entre la realidad y la fantasía, entre mi nuevo mundo y el viejo; con deseos desenfrenados mis ojos consumían el contenido de las viejas hojas apergaminadas que conformaban el libro llamado Azadeth Scriptus. Apenas lograba entender poco, gran parte de él estaba escrito en latín y otro tanto en un idioma desconocido, entintados garabatos que parecían más dibujos que letras, y, un mínimo estaba en inglés, pero al menos los manuscritos ilustrados me regalaban una pequeña pista de su contenido. Pero, aunque mi mente parecía centrarse en ese mundo alterno a la mundana realidad, mis pensamientos seguían presentes y alertas a lo que ocurría todos los días entre los mortales que me rodeaban (y los no-mortales también), como si esperara que de pronto la tierra se abriera en dos, el cielo escupiera fuego y una lucha bélica se desatara, tal como lo advertían cientos de páginas de internet, programas apocalípticos en la televisión, los protestantes locos en los noticieros, los mismos libros religiosos, incluso las imágenes del Azadeth Scriptus; pero, a pesar de lo turbio que se volvía el mundo todo parecía normal y casual para la mayoría de las personas, parte de un cambio continuo, de la misma forma que el arte barroco había dado paso al neoclásico.  
En Dunkeld, la vida agitada y preocupante perecía una especie de sueño fantástico, una leyenda urbana o un mito griego; nunca sucedía nada que fuera digno de mención en los noticieros, en los diarios, o entre los cotilleos locales; y, de pronto, como si un delgado hilo invisible desapareciera nada más por un capricho insondable, ambos mundos (el fantástico y el normal) se fusionaban, pero seguían tan distantes y ajenos como agua y aceite. Pero algo iba a pasar, yo lo sabía, todos lo sabíamos: Juliette, Liam, Engel…
Engel… Todavía me picaba la culpabilidad por haberlo engañado de aquella manera tan ruin, por haber actuado de una forma más propia de Rachel Arrington que en el pasado yo misma había desaprobado y criticado hasta la saciedad junto a Kat. ¿Me había convertido en una Rachel? No, definitivamente no. Todo había sido por recuperar algo que me pertenecía y era importante (por alguna razón que aún nadie me explicaba), me justifiqué. Yo era una Nephilim y tenía que…
—No, no tengo que hacer nada, esto es ridículo—susurré dejando caer la cabeza contra el libro abierto. —esta no es mi guerra, yo sólo…
Alguien llamó con dos golpes suaves a la puerta de mi habitación interrumpiendo mis divagaciones.
Suspiré profundamente, aún con la frente pegada a la imagen colorida y “caricaturizada” de Gabriel suspendido en el cielo, asiendo una espada brillante cumpliendo con su misión de erradicar el mal en la tierra. La imagen que ahora tenía del arcángel era bastante diferente a lo convencional.
Dos golpes más, esta vez más fuertes volvieron a despegarse de la puerta.
—Date prisa, llegaremos tarde. —Reconocí la voz de  Liam al otro lado.
—Aún no entiendo porque tienes que llevarme al colegio… —gruñí irguiéndome sobre el asiento y echando una mirada al exterior a través de la ventana de mi cuarto, era un bonito día de marzo, la primavera estaba cerca. —Maldito vago.
—Escuché eso.
—No trataba de esconderme.
Cerré de golpe el grimorio y los grabados metálicos incrustados sobre la piel negra que lo forraban, centellaron contra un tenue rayo de sol que partía la habitación en dos. Pero ya no me detuve a verlo con admiración como la primera vez, como si recién viera el inofensivo libro de cuentos transformarse frente a mis ojos en un grueso, viejo y gastado libro mágico. Me limité a lanzarlo en una caja vacía de zapatos, bajo mi cama y ésta cubrirla con un viejo jersey gris que me quedaba enorme y que había dejado de usar de pijama a los doce años. Me puse encima una chaqueta, tomé mi mochila y antes de que Liam volviera a tocar la puerta con sus nudillos, la abrí.
—Estoy lista, vámonos—dije con cierta indiferencia.
Pasé por su lado a través del pasillo hacia las escaleras, que bajé apresuradamente llegando a la puerta en una carrera apurada como si fuera a él a quien se le había hecho tarde y no a mí. En las últimas semanas, mi comportamiento con Liam había pasado de la curiosidad hacia la camaradería, luego a la complicidad, posteriormente a un punto de casi íntima confianza hasta la actual indiferencia y hostilidad. Para mí era una fórmula simple de resolver un problema complicado (aunque yo sabía que era incorrecta); para él, yo era una loca esquizofrénica con cambios de humor que el justificaba como “cosas de Nephilims”. Lo cierto era que, compartir tanto tiempo juntos  me había desquiciado y confundido de una manera poco saludable, me estaba empezando a gustar “ese mugroso vagabundo”, como le gustaba llamarlo a Kat usando un tono pícaro, para hacerlo parecer más interesante, era como decir “ese chico sexy” sin estropear su imagen de chica mojigata, pues eran palabras demasiado fuertes para que sus labios las pronunciasen. Me sentía culpable de haber estado enamorada de Engel Jackocbsob y superarlo tan rápido como si no hubiese significado más que una persona cualquiera y ahora sentir mariposas en el estómago cuando estaba cerca de Liam y su piel rozaba la mía, su voz pronunciaba mi nombre (o “defectuosa” que para él era lo mismo), sus ojos mirándome, sus chistes haciéndome reír, y sobre todo, mucho mas importante que todo lo demás, aquel beso fugaz que me había robado en la fiesta de San Valentín, un acto improvisado de su parte en nuestro casi perfecto plan de recuperar el grimorio, un error que ahora me rondaba en la cabeza y no me dejaba en paz.
Era una pérdida de tiempo empezar a sentir algo más allá de la saludable amistad o los negocios sucios, tratándose de Liam. Él era como yo, pero a la vez venía de un mundo completamente diferente al mío, había vivido más experiencias que yo, él era maduro a pesar de que lo demostraba poco, era incluso muy mayor, Liam me miraba como su hermanita menor de mejillas redondas que podía presionar para hacerme enojar, la niña divertida que se sumaba a su lista de persona altamente “molestable”.
—No está mal equivocarse, esas cosas suceden—me había dicho Travis comprensivamente, sin atisbo de malicia. —Un día quieres chocolate y otro día fresa.
— Siempre te enamoras de puros idiotas que no puedes tener—intervino Andrew con su típico tono hostil—de sujetos que no te quieren.
—Yo creo—repuso Kat con suavidad—que el amor es precioso. Sólo ten cuidado y piensa que es lo que quieres realmente; pasarán muchas decepciones antes de que encuentres al “verdadero amor de tu vida”.
Todos, incluido Andrew, tenían razón a pesar de que ninguno sabía lo que ocurría detrás de toda esa comedia grotesca; sólo yo sabía que muy en el fondo los sentimientos hacia Engel seguían ahí, simplemente se empezaba a marchitar lentamente, aunque su capullo no moría nunca del todo, tal como los tulipanes de Juliette que ahora estaban fríos y muertos pero bajo la tierra y la espesa capa de nieve o hielo seguían estando vivos, esperando el momento para volver a florecer. Sin embargo, estaba tratando de no alimentar más esos sentimientos para que murieran por completo… estaba tratando de cubrir su raíz con más hielo y nieve… con Liam. Al mismo tiempo, no quería, me asqueaba a mi misma mi propio egoísmo; de pronto, mi mente me traicionaba y me hacía creer que estaba empezando a enamorarme de verdad de él, era en ese momento cuando trataba de alejarme y tratarlo con indiferencia y hostilidad; estaba aterrada de volver a amar, de volver a lanzarme a la deriva por un chico que me volviera a lanzar por el borde de un acantilado completamente sola para quedar hecha añicos, una vez más.
—Aún no entiendo porque tienes que llevarme tú al colegio. —Repliqué hundiéndome en el asiendo del copiloto con los brazos cruzados sobre mi pecho, amortiguando el latido fuerte de mi corazón—No pensé que Juliette también te hubiera contratado de niñera.
—Oh no, son simplemente gajes del oficio—rebatió sin sentirse ofendido por mi pobre intento de molestarlo—tengo que disponer de tu auto para ir a Blair y recoger los encargos de Juliette, sólo es por hoy.
— ¿Qué se supone que haré después?
—Puedes decirle a Diemth que te lleve.
Aunque lo dijo con tanta serenidad noté que apretaba los dientes cuando pronunciaba el nombre con el que siempre se refería a Engel.
—No me habla desde… ese día.
— ¿Crees que lo sepa? Que lo que te llevaste de su casa era una reliquia importante y no lo que parecía ser.
Me encogí de hombros.
—No—sonreí mirando hacia fuera, por alguna razón me invadió la nostalgia—creo que en realidad está molesto porque le corté la inspiración cuando pensó que le daría sexo gratis.
—Y… ¿te pone triste que… no te hable? —inquirió Liam adoptando un tono más serio.
—Estoy acostumbrada.
Silencio y después volvió a hablar.
—Deberías dejar de… interesarte tanto en él—dijo como si fuera un psicólogo hablándole a su paciente, o una madre intentando darle un consejo a su hija en el plan de “buenas amigas”. —Ya te lo he dicho antes, él no tiene sentimientos, si los tuviera… lo que quiero decir, es que no vale la pena que te sientas mal por un ser tan corrompido, por alguien que sólo le importa él mismo. Te mereces algo mejor, puedes intentar ser feliz; podemos elegir a pesar de lo que somos, de que, en teoría estamos condenados, una parte de nosotros sigue siendo humana; en él no hay nada de eso.  
Entonces, sentí el dorso frío de su mano acariciar con torpeza mi mejilla. No tuve el valor de alzar la mirada y verlo; lo que vi fue mi propio reflejo en el espejo de la puerta izquierda del auto, mi piel había adquirido un tono rosado en las mejillas y se extendía poco a poco por todo mi rostro. Su toque me quemó y me alejé un poco más removiéndome sobre el asiento y desviando la cabeza más hacia la ventanilla, fingiendo que me gustaba mucho ver las casas que estaban en el camino que ya conocía de memoria. Deseé que Liam no se hubiera dado cuenta de mi pequeño desliz; afortunadamente él conducía con la mirada al frente, como la persona responsable que no era.
— ¿Por qué lo odias? —Pregunté intentando desviar la conversación hacia otro lado sin salir de golpe del tema. — ¿Te hizo algo?
—Es complicado de explicar. —musitó. —Pero, si el hecho de que sea un asesino te parece poco, entonces tú estás tan demente como él…
—No—atajé a la defensiva— de hecho me parece terrible, me horroriza pensar que existan seres que puedan matar gente inocente como si mataran cucarachas.
—Entonces ahí tienes parte de tu respuesta.
—No me satisface; de todas maneras él…
—Aún crees que tiene un lado de chico bueno.
—Quizás—admití avergonzada. —Me ha salvado la vida, en más de una ocasión…
—Porque no le convienes muerta, por ahora. —El auto se detuvo—Defectuosa, de verdad me agradas y no me gustaría que Diemth te haga daño. Ya tengo suficientes razones para querer matarlo, sería una exageración tener que añadir algo más a la larga lista.
Sonreí ligeramente, tomando aquello como un cumplido al único estilo de Liam.
—Bien, me voy antes de que sea Lafter quien me aniquile y no Engel. —Salí del auto y antes de cerrar la puerta añadí—Encontraré la forma de volver a casa; disfruta mi auto por hoy, procura regresarlo en una pieza.
—Eso será difícil—rió.
Hice un gesto de desaprobación y me marché hacia la entrada del colegio; en la puerta del edificio principal me volví pero él ya se había ido, dejándome hundida en dudas y confusiones.

Todos tenemos facetas diferentes en nuestra personalidad, a veces está la buena, la mala, la personalidad que se desenvuelve en locuras y la los momentos depresivos; todo eso forma parte de nuestro ser y no por ello somos personas diferentes cada día. Una vez mi abuelo me había dicho: cada quien conoce sus ángeles y demonios internos, y, cada cual decide a quien seguir.
En ese momento yo me había reído como si fuera una más de sus lunáticas frases como “si nuestros ojos fueran cerecitas, siempre veríamos el lado dulce de la vida”. No obstante, hoy día comprendía lo que había querido decir… y, ahí me hallaba yo otra tarde más en el sótano de la tienda de antigüedades, agotada de duros entrenamientos como si fuera una especie de militar, con Liam en su faceta de general, con sus órdenes enérgicas, y un montón de cosas viejas y empolvadas de ningún valor, encerradas en cajas de cartón, víctimas del olvido, como si hubieran sido obligadas a un letargo indefinido. Los entrenamientos se volvían cada vez más difíciles, como si mi cuerpo se negara a aceptar a progresar más allá de lo básico, como si una parte de mi aún negara que lo imposible fuera posible, era doloroso como intentar ir contra la corriente de un río.  
—Ni siquiera lo intentas—me dijo con voz dura que casi hirió lo que yo llamaba sentimientos.
—Suficiente por hoy—jadeé.
Liam se acercó a mí con los brazos cruzados, por su expresión adiviné que no estaba muy feliz conmigo y aunque quería hacerlo mejor y lucirme frente a él, no podía. Me miró como si fuera un débil gusano, cuando se trataba de entrenamiento su humor era bastante difícil de aceptar, se volvía increíblemente enérgico, podía jurar que dejaba de ser el mismo Liam que yo conocía vagamente, el mismo chico glotón que Juliette invitaba a veces a cenar, el mismo muchacho rebelde que me fascinaba y ponía mis hormonas a trabajar.
—Si estuvieras en plena batalla dudo que tu cansancio conmueva a tu enemigo. —blandió entre sus manos una espada que se había encontrado en algún rincón del sótano, como si quisiera comprobar que tan ágil era. — ¡Vamos, muévete Zaphirel!
Deslizó la hoja horizontalmente en el aire cerca de mi cintura, me libré del filo dando un paso rápido hacia atrás, pero no le devolví el gesto, estaba cansada y no quería seguir jugando, porque para mi era un juego en el que yo trataba de fingir que podía ser fuerte y acabar con cualquier demonio que se me pusiera enfrente, algo que en la vida real fuera de esas cuatro paredes era imposible.
Abrí mi mano derecha y el arma en mi mano cayó sobre el suelo de madera produciendo un sonido profundo que se propagó por cada superficie empolvada.
— ¿Te rindes? —inquirió en son de burla.
—No… me estoy rindiendo, te ordeno que paremos. —sentencié con firmeza.
Liam sonrió con indulgencia y dejó caer su espada.
El chico se acercó a mi encogiéndose de hombros, sin embargo, de pronto, en un abrir y cerrar de ojos se precipitó hacia delante con rapidez sobrehumana, mis agotados reflejos apenas alcanzaron a percibirlo. Plantó el codo en el costado izquierdo de mi cara y sentí el golpe pero dolor alguno no; no obstante, perdí el equilibrio saliendo disparada hacia atrás y cayendo de sentón en el suelo mugriento. Me llevé una mano a la boca para comprobar que todo siguiera en su lugar y alcé la mirada, logré divisar a través de mis ojos empañados por lágrimas, la expresión sorprendida en la cara de Liam y luego escuché sus pasos huecos venir en mi dirección.
—…Defectuosa… ¿Estás bien? —preguntó perplejo poniéndose a mi altura.
— ¿Por qué lo has hecho? —mi voz sonó cortada por el dolor que recién empezaba a extenderse a través de mi mejilla.
—Lo siento… se suponía que te defenderías. Así funcionan las cosas en el mundo… pensé que me detendrías.
—No pensé que fueras tan… bruto.
Liam quitó mi mano de mi mejilla, vi que hacía una desagradable mueca que logró alarmarme lo suficiente como para temer volver a mirarme en un espejo. Luego sonrió.
—Soy verdaderamente fuerte—masculló colocando su mano en mi mejilla.
—No hace falta que lo menciones.
Entonces, tuve esa extraña sensación, su mano se volvió fría y sentí los músculos de mi mejilla derecha latir bajo su tacto hasta que dolió, intenté alejarme pero me sostuvo por la cintura con firmeza, anticipando mis intenciones, traté de empujarlo pero efectivamente, él era muy fuerte, más que yo al menos. Después el frío se volvió cálido y agradable hasta que el dolor desapareció por completo.
—Tu… ¡También haces esa cosa de las manos!
—Y tú también podrías si pusieras empeño y no lloriquearas tanto.
Suspiré profundamente y clavé la mirada en el suelo.
—Debe ser un fastidio para ti tener que hacer de niñera ¿no?
— ¿Qué dices? Yo no creo que esté haciendo de niñera—aclaró. Su mano cálida aún, acarició mi mejilla con… ¿ternura? —me gusta este trabajo, es el mejor que he tenido; también quiero ayudarte, aunque a veces seas tan desagradablemente pesimista.
Algo revoloteó en mi estómago como cientos de mariposas desesperadas por salir. Mi corazón dio un vuelco y me negué a apartar la mirada del suelo… estaba abrumada por Liam.
Y mi nerviosismo se transformó en temor de estar con Liam a solas… que mis sentimientos traicionaran a mi razón por la persona equivocada, que escuchara mis pensamientos gritar desesperados por la calidez de sus brazos como una sensación meramente agradable, que notara el latir desbocado de mi corazón mientras mis mejillas se sonrojaban al encontrarme con su mirada y disfrutar el tacto de su mano. Enamorarme de Liam de verdad me aterraba, porque hasta entonces sólo me gustaba como a una chica adolescente le gusta la estrella de su banda de rock favorita, esa era la parte motivadora de los amores platónicos.
Así de rápido como una llovizna puede transformarse en tormenta, mis sentimientos se agolparon en mi pecho, y mi voz se ahogó en mi garganta cuando su mano descendió hasta mi barbilla tomándola con firmeza y determinación, así era Liam, nunca vacilaba y aunque la mayoría del tiempo se burlara de la vida y el mundo entero, de la sociedad y sus subordinados, cuando su seriedad le embargaba se volvía otra persona completamente distinta. Lo noté en su mirada cuando mis ojos encontraron los suyos, por un lapso relativamente corto antes de que me empujara hacia él, tocando superficialmente mis labios con los suyos y empezara a besarme lentamente, como si quisiera simplemente prolongar el momento. Como respuesta mis labios se adaptaron a la forma de los suyos y se abrieron sin miramientos a él; entretanto, mi corazón buscó por si sólo las respuestas que esperaba, encontrando un frío vacío en una llana penumbra olvidada.
—Más que el trabajo creo que me gustas tu—susurró separándose apenas unos centímetros—Defectuosa, déjame también ayudarte a ser… feliz.
Dejé caer una mano sobre el hombro de Liam bajando nuevamente la mirada. Mi labio inferior tembló a falta de palabras y mis ojos vieron un piso emborronado por las lágrimas contenidas que no tenían nada que ver con el golpe que me había propinado. Yo estaba condenada a algo mucho peor que ser un monstruo perseguido por un arcángel psicópata; yo estaba condenada a querer a alguien que no me quería, a vivir un amor no correspondido, a amar a Engel Jackocbsob.
—Liam… —mi voz sonó ronca.
Volví a cerrar la boca al no encontrar las palabras adecuadas. De pronto, el sótano me pareció tan pequeño como una caja de cartón, y ese encierro me provocó una sensación claustrofóbica. Me deshice del abrazo de él empujándolo quizás con brusquedad, me puse de pie de un salto, abrí la puerta de golpe y subí las escaleras hasta la salita improvisada en la parte trasera de la tienda, salí por la puerta de servicio y empecé a alejarme del lugar como si estuviera maldito, como si su interior quisiera devorarme. Quería estar lejos de Liam. De verdad, no me entendía a mí misma.
Mis pasos se volvieron una carrera por escapar, aunque no sabía a donde iba, sólo dejé que mis pies siguieran el rumbo que desearan, desconecté mi cerebro de la consciencia y me dejé llevar por el delirio de los sueños rotos. Pronto, me encontré en el lugar donde había visto a Diemth por primera vez, no con su máscara del alumno del Birnam College, sino como la fantástica criatura que era en verdad, y, nuevamente, pero esta vez más abundantes, las lagrimas afloraron mis ojos, desbordaron mis párpados y cayeron en silencio por mis mejillas.
Había exigido durante mucho tiempo respuestas a Engel, ahora era turno de exigírmelas a mí misma, y era difícil no saber lo que quería en realidad, o lo que estaba bien y lo que no; era doloroso aceptar la realidad; ya no importaba si era una Nephilim, o si Gabriel nos estaba cazando como viles animales repugnantes; no, en este momento no importaba nada de eso. Egoístamente, lo único que me importaba era yo misma… La incesante locura me llevó a actuar deliberadamente de la forma más estúpida, sin analizar las consecuencias, pero aquella impertinente voz en mi cabeza me detuvo antes de hacer una tontería.
Empecé a caminar de nuevo, sin ninguna prisa, tan tranquilamente que mis movimientos no coordinaban adecuadamente con lo que sentía dentro de mí, con ese palpitar frenético de mi corazón y el temblor de mis extremidades que no tenía nada que ver con el frío que se colaba por todos lados. Él sabría que lo estaba buscando, sabría también donde encontrarme. Solté un largo suspiro, invadido en una melancólica nostalgia, preguntándome si llegaría… crucé los brazos mientras leía ociosamente los nombres que rezaban las lápidas de piedra reposando resguardadas en el antiguo cementerio de la catedral de Dunkeld, un escalofrío me recorrió la columna al ser invadida por una extraña y desagradable sensación que sabía era ajena al hecho de estar paseando entre las tumbas de un cementerio, tal vez era poco usual y natural, pero al menos los muertos no podían decir nada mas, ellos eran un mundo tan diferente y pacífico ajeno pero no lejano; me distraje mirando al cielo una vez y observando como éste se oscurecía lentamente a la hora del crepúsculo, como esos colores dorados se degradaban hacia negro, conforme cada minuto transcurría en la tierra, los colores vivos se extinguían, así como se extinguían las horas, el día… el tiempo entero. Miré el reloj de de mi móvil, era tarde. Me pregunté si llegaría; dejé atrás el cementerio cruzando el alto arco de la parte en ruinas de la iglesia, subí las escaleras que sonaban huecas bajo mis pasos, resonaban con fuerza en un eco estremecedor, llegué a un lugar amplio desprovisto de paredes, el suelo reflejaba el ligero resplandor plateado de la luna, que ya se encontraba en alto como único adorno de ese cielo oscuro, completamente negro. Seguí adelante con paso lento, escuchando mis pasos como si el suelo estuviera completamente hueco. Después, un sonido sordo a lo lejos pero no demasiado como para ser escuchado, se dejó oír en el amplio lugar.
— ¿Estás ahí?—Pregunté al vacío.
Una sensación de dejavu me invadió junto con un curioso miedo, algo me decía que no debería estar allí, mi corazón latió acelerando su ritmo de forma nerviosa, así mismo me invadía una paz inmensa que me permitía alejarme por completo de la realidad humana, de Liam, de Juliette, Travis, Kat, Andrew… de todos menos de él. Miré al frente y parpadeé ante la oscuridad del lugar.
Entonces… descendió del cielo cual ángel.
— ¿Lo recuerdas?
Asentí con cautela; mis  piernas temblaban y temí caer de rodillas en cualquier momento.
— ¿Por qué? —pregunté y mi voz se quebró al instante impidiéndome seguir.
—Destino, tal vez.
— ¿Vas a matarme? —volví a preguntar, esta vez me escuché mas valiente de lo que me sentía.
Engel rió entre dientes y se acercó a mí, mis piernas no me respondieron cuando intenté retroceder, aunque no atisbé ninguna mala intención en su mirada… estaba en paz; sus ojos, aunque fulguraban rojos como los del demonio, expresaban algo contradictorio que no pude adivinar.
—Ojala pudiera—contestó risueño. — ¿Quieres que te mate?
—Ojala lo hicieras. —me encogí de hombros—Siento que en cualquier momento voy a estallar por mi misma.
—Pero esa no es la razón por la que querías verme—me contradijo seguro de sí mismo.
— ¿Cómo sabes que yo…?
—Siempre quieres verme—dijo riendo con cierta arrogancia. —Y yo también quería verte; siempre quiero verte.
Mi respiración se cortó un instante y regresó de forma agitada como los latidos de mi corazón. No me entendía a mí misma y ni a mi instinto masoquista, porque quería estar con él si siempre me hacía daño, siempre jugaba conmigo, con mi mente y con mis sentimientos, lo peor era que me gustaba creerle a pesar de que ya sabía las consecuencias.
—Pues finges muy bien que no existo—reproché un tanto dolida por su silencio de las últimas semanas—me miras con indiferencia todo el tiempo, te la pasas burlándote de mi cuando puedes, me haces esas caras feas de perro rabioso: soy Engel Jackocbsob, perfecto, imperturbable, superior.
—No lo entiendes.
— ¿Qué no entiendo? —Reproché harta de que todos me dijeran que no entendía— ¡Explícame, entonces!
Dio otro paso hacia mi, sus brazos se extendieron y sus manos se cerraron sobre mis hombros, me miró con intensidad, directamente a los ojos… era difícil ver su mirada sanguínea pero la contuve armándome de valor, esperando que lo que dijera saciara mis inquietudes.
— ¿Quieres saber por qué me alejo de ti? —Inquirió seriamente—Esto se vuelve muy complicado, cada vez más; estoy tan… confundido, intento pretender que no me importas, quiero convencerme a mi mismo de que eres una chica más, pero no puedo y duele, eso que tal vez son sentimientos, están quemándome por dentro para que no los ignore.
—Engel…
—No, Annette… ya no voy a ser más el idiota que hace de todo para que lo odies, es inútil porque seguirás amándome aunque yo no quiera, y yo seguiré amándote a ti si es que de eso trata el amor.
Sus manos hacían presión sobre mis hombros, tan fuerte mientras sus palabras salían atropelladas de sus labios. Pero cuando terminó de hablar me acercó a él, se inclinó y besó mis labios lentamente, como si temiera romperme, pero de un momento a otro el beso se volvió una lucha desesperada del uno por el otro, me besó con la única pasión frenética y feroz que sólo él sabía usar para hipnotizarme en un acto tan mísero y corto como lo era un beso, simple pero penetrante como el fuego o como el hielo… ó ambos al mismo tiempo; el demonio y el ángel en un solo ser.
Cuando finalmente me alejé de él, no me dejó ir por completo, tomó mi rostro entre ambas manos presionando su frente contra la mía y cuando abrí los ojos, los suyos se habían vuelto azules.
—Olvida el trato, perdóname por todo lo que te he hecho, sé que no lo merezco pero te lo suplico…
—Sería una estúpida irracional si lo hiciera; tú no eres bueno…
— ¿Y quién si lo es? —me retó— ¿el vulgar vagabundo con el que estás siempre? Nadie es bueno en este mundo, ni siquiera tú lo eres.
—Nosotros no podemos estar juntos. Mi tía, tu familia demoniaca, Gabriel… absolutamente todo.
—Dejémoslos atrás… vayámonos lejos, donde nadie pueda encontrarnos, sólo tu y yo —sonó entusiasmado y sus ojos brillaron con emoción contenida— Estoy a punto de arreglar los asuntos con Stephanoff, quería un Nephilim, esa era su condición y ya tengo uno para él, así te dejarán en paz.
Su propuesta era tentadora, quería gritarle que si, que quería estar con él por siempre hasta el fin de los tiempos, vivir mi eternidad a su lado, lejos de mi antigua vida, de esa mentira que había durado dieciséis años, que empezáramos de nuevo del otro lado del mundo aunque otros perecieran por mi causa.
Las palabras que yo quería decir lucharon por salir, contra la noción de lo que era correcto, de que estaba pensando tonterías. Ese era el comportamiento que yo desaprobaba en lo que a “sentido racional” se refiere; nunca me había visto a mi misma queriendo escapar con un chico por un amor sin sentido, pero cabe destacar que tampoco me había visto nunca como una criatura fantástica, fuera de la realidad.
—Si—dije al fin esperando no arrepentirme de la decisión—vayámonos lejos, sácame de aquí, libérame de esta... maldición.
Besó mi frente y sonrió.
— ¿Cuándo? —insistí.
—Cuando termine los negocios con mi padre, unas semanas. —Prometió Engel. —Por el momento debemos aparentar y engañarlos a todos, nadie debe sospechar nada porque nuestro plan se arruinaría. Para los tuyos debe ser como si nos odiásemos; para los míos debe parecer que mi plan marcha a la perfección y has caído en mi trampa.
Asentí y lo rodeé con mis brazos.
—Yo sabía que había algo bueno en ti... Sophie me dijo que sólo necesitabas una razón…
—Y la encontré. —puntualizó. —Pero me costó aceptarlo.

Nada pudo extinguir la felicidad que me embargó durante la siguiente semana aunque tenía que aparentarla bien, tenía que guardar mis sonrisas para los momentos a solas con Engel en los divertidos encuentros a escondidas que teníamos, como por ejemplo: antes de que terminara el almuerzo nos escabullimos en el solitario jardín trasero de la escuela despidiéndonos antes de la clase de Química. A veces aparecía como todo un acosador dentro del baño de chicas, de igual manera lo hacía en mi habitación por las noches antes de dormir; pasábamos largos momentos planeando lo que haríamos una vez lejos de todo lo que llenaba nuestro presente, planeábamos como nos marcharíamos y en ocasiones cuando la fantasía desbordaba la realidad (aún más), guardábamos silencio, conteniendo la risa, él se acercaba hacia mi y finalizaba la conversación con uno de sus más apasionados besos. El hecho de hacer algo prohibido me fascinaba, sentía la adrenalina todo el tiempo, pensar que podríamos ser descubiertos, en lugar de miedo, me emocionaba. Gran parte de las chicas, alguna vez soñamos con vivir la escena de una película o el drama de una novela romántica, de pronto, sentía que mi momento de vivir esa experiencia soñada había llegado, pues, desde mi punto de vista, podíamos ser como Romeo y Julieta, aunque la idea ya estuviera muy trillada por el cine y la literatura moderna, pero de verdad no me importaba, yo era Julieta y Engel una versión sádica y remasterizadas de Romeo… omitiendo el trágico final, Romeo no podía cometer el mismo error dos veces.
¿Por qué le creía? No lo se, quizás porque cada vez que me decía “te amo” al oído mi piel se erizaba y su calor me protegía, él nunca había sido capaz de decírmelo a menos que lo sintiera, yo conocía a Engel y a sus demonios y ángeles internos, la verdad se reflejaba en sus ojos grises.
En cuanto a Liam, quizá yo estaba siendo una persona egoísta sin corazón, pero así funcionaban estas cosas del amor, Liam lo entendía, o eso pensaba yo. Agradecía profundamente que no volviera a mencionar nada de ese asunto, que siguiera siendo el mismo chico de todos los días, su declaración había quedado como una más de las cosas que se quedaban guardadas en el sótano de la tienda de antigüedades, que nadie sacaba y con el tiempo quedaban en el olvido bajo el polvo y la humedad; se trataba casi de lo mismo.
—Puedes tomarte el día libre mañana—escuché que Juliette le decía a Liam cuando lo despedía en el vestíbulo después de la cena el sábado por la noche. —Me dedicaré a hacer inventario y prefiero no tenerte estorbando.
— ¡Perfecto! —Exclamó él—podré dormir hasta tarde. Te veré el lunes. Anne y yo también decidimos tomarnos el día libre.
Terminé con el último plato sucio de la cena y cuando se cerró la puerta atravesé la sala en dirección a las escaleras, Engel seguramente me estaba esperando.
—Hasta mañana, tía. —me despedí y subí las escaleras rápidamente antes de que me abordara.
Sentí la presencia de Engel apenas había abordado el pasillo, me apresuré a mi habitación y cerré la puerta con llave desde adentro. Mi novio… porque era mi novio, estaba recostado sobre mi cama donde se esparcían algunos de mis libros y entre sus manos tenía uno, su cabeza se escondía detrás de las cubiertas, aunque eso no fue lo que llamó más mi atención. Engel vestía con un smoking elegante color negro, camisa también negra y corbata azul. Apartó el libro de su cara y lo lanzó junto al montón que ya tenía a lado.
—Te invito a una fiesta.
— ¿Vestida así? —Hice un ademán con mi mano señalando el pijama.
—No—arqueó una ceja y me miró como si fuera una loca o como si mi intelecto fuera menor al suyo— ¿Crees que voy vestido para llevar a mi pareja en pijamas?
—Puede ser una fiesta de disfraces—aventuré para no darle la razón. —No creo que Juliette me deje salir ahora, menos contigo.
—Juliette tampoco te ha dejado ir a América conmigo y aún así lo harás—sonrió con malicia.
Engel se puso se pie y se acercó a mi, me rodeó la cintura con sus brazos y me miró directamente a los ojos, podía ver extrañas intenciones en ellos, eran grises que no pude aventurar de que lado estaba en este momento; sus pensamientos, como la mayor parte del tiempo eran una incógnita, así que sólo me quedaba confiar en mi propia intuición y en el poco sentido común que aún me quedaba.
Le devolví la sonrisa. Quería ir a la fiesta, aunque no sabía de quien era, o de que trataba aquella reunión; el bicho de la rebeldía picaba dentro de mi, insistente y deseoso de que empezara a hacer algo interesante con mi vida. Era sábado… los adolescentes normales no quedaban en casa. Hacían eso: ir de fiesta.
Le devolví la sonrisa casi convencida.
— ¿De que es la fiesta?
Torció el gesto. Pregunta equivocada. Había puesto el dedo en la llaga.
—Una mascarada.
—Todo—le miré con seriedad—habíamos quedado que me hablarías con la verdad de ahora en adelante. ¿Cómo esperas que confíe en ti si sigues ocultándome las cosas importantes?
—Es una reunión familiar—empezó.
—Con familia… ¿Te refieres a demonios?
Asintió.
—Es el cumpleaños de mi padre, le gusta celebrarlo, así que invitó a unos cuantos a la mansión… algunos vienen del inframundo… otros solamente han viajado hasta aquí…
—Y esperas que yo vaya contigo a ese lugar repleto de monstruos que quieren jugar a matar al Nephilim de la manera más sangrienta que se les ocurra… estás loco.
Intenté liberarme de su abrazo pero no lo logré, por lo que me limité a mirar en otra dirección.
—No te harán daño, es una tregua, mi padre sólo quiere ofrecer una fiesta ostentosa y elegante. No te llevaría a esa horda de infernales si supiera que no estás segura… si supiera que van a arrebatarme a lo único que me importa en el mundo terrenal. —Besó mi frente de forma torpemente cariñosa, no era el acto más romántico, pero tratándose de él era una inmensa consideración, que sumaba puntos a esa frase que yo sabía le había costado mucho pronunciar. —Yo sólo pensé que te gustaría ir… además es algo que alimenta más nuestra farsa.
—Si Juliette se entera…
—No lo hará, te traeré antes de que pueda notarlo.
—De acuerdo… ¿Y cómo solucionas mi atuendo “elegantemente” adecuado?
—Lo tengo cubierto.
No se le escapaba nada.
Se inclinó sobre mi rostro y empezó a besarme lenta y delicadamente como si quisiera que se momento durara para siempre, yo quería que así fuera, que no pareciera el atisbo de otro sueño lejano, que fuera más que la ilusión de mi alma, de mi mente y de mi corazón jugando juntos un juego sucio y cruel. Alcé mis  brazos rodeando su cuello, acercándome más a él, devolviéndole el beso con suave y torpe intensidad mientras giraba vertiginosamente en un mundo de fantasías… pero yo estaba siendo feliz, muy feliz.
Cuando abrí los ojos y me separé de él, mi habitación había desaparecido y había sido sustituida por una sala grande, otra habitación, pero a diferencia de la anterior, ésta era lujosa y sobria, con sus paredes de tapiz rojo y dorado, cortinas elegantes de terciopelo, una luz sombría iluminándola… la habitación de Engel nunca cambiaría, la habitación que lo reflejaba como persona, no podía ser diferente, como él, no podría ser diferente, aunque yo intentara ver por otro ángulo siempre sería el mismo, sin embargo había allí espacios acogedores a los cuales les podrías ver su lado positivo y darte cuenta que su seriedad y sus defectos potenciales podían ser omitidos en ocasiones para encontrarse con una persona agradable.
—Todo lo que necesitas está aquí, volveré en un rato—me informó avanzando hacia la puerta—tengo que… evaluar la situación.
Cuando la puerta se cerró tras él miré alrededor, buscando “todo lo que necesitaba”. Abrí ligeramente mi boca cuando vi un maniquí portando un hermoso vestido negro de satín y encajes, era un enorme vestido como él de una princesa… si hubiera sido color pastel, habría jurado que parecería el pastel de cumpleaños de Stephanoff Jackocbsob; pero, aún así me gustaba el vestido, más de lo que hubiera querido pues detestaba sentir fijación hacia los objetos materiales, pero en ese caso resultaba imposible. Me acerqué hasta él y deslicé mi mano por la tela, como si quisiera comprobar que era real…
Un chasquido provino de la puerta que estaba detrás de mí, la puerta de la habitación contigua, me giré cuando escuché que se abría.
—Todos tenemos un precio—dijo la chica que salía de allí. Sonrió con malicia y se acercó a mí escudriñándome con la mirada. —Creí que eras más… que eras menos… no te ofendas pero no pareces nada especial, apenas y eres… “bonita”.
Arqueé ambas cejas. ¿Quién demonios era esa tipa? Sí… estaba celosa. La chica era guapa, alta, cabello hermoso y ondulado color caramelo, ojos rojos y piel clara, no blanca sin color como la mía… la chica era del tipo de Engel y estaba en su habitación; saliendo como si nada de esa habitación a la que a mi no se me permitía entrar,  me pregunté si Engel sabía de eso, me pregunté si Engel lo había planeado.
—Soy Lola—amplió su sonrisa, que la hizo parecer un poco desquiciada. —Diemth me ha pedido que te ayude a verte decente para esta noche, porque es obvio que tu no tienes el más mínimo sentido de “verse bien”.  —Desvió rápidamente su mirada hacia la ventana gigantesca que cubría toda la pared lateral de la habitación  y observó por un par de minutos el paisaje que se extendía enfrente—Será una noche especial.
Lola pasó la punta de su lengua por sus labios y se echó el cabello hacia atrás, sus ojos carmesí brillaron y yo no sabía si confiar en un demonio que empezaba a reírse como si alguna de las dos hubiera contado un chiste muy gracioso. Eso, ó yo no había comprendido el significado del chiste.
—Yo puedo arreglarme sola, gracias—le informé. —No te ofendas pero, no confío en demonios.
La chica giró su cabeza, me miró y su sonrisa se desvaneció rápidamente, frunció su ceño y cortó el espacio que nos separaba poniéndose delante de mí, era más alta que yo, tuve que inclinar un poco la cabeza hacia arriba para verla a los ojos.
—Diemth confía en mí y tú confías en él. —Sentenció—Además, no es mi intención enterrarte un tacón en el corazón, o sacarte el ojo con un lápiz delineador; si lo hago enojar no es agradable en la cama, si te mato, se enoja. No tengo otra opción, querida.
Pasó la palma de su mano en mi mejilla y la acarició antes de alejarse como si se hubiera quemado con el contacto de mi piel. Su mirada se endureció.
—Te agradecería que te quites ese artefacto asqueroso—señaló mi colgante azul.
—Ah…
Dudé pero al final me lo quité y lo dejé sobre la superficie de una mesa mirándola como si le dijera: de acuerdo, no estoy armada.
Los siguientes cuarenta y cinco minutos los pasamos frente al tocador del cuarto de baño de Engel, Lola tuvo sus manos sobre mi cara y cabello todo el tiempo, había toda clase de instrumentos “de belleza” ahí, de pronto la habitación se había convertido en un salón de belleza exclusivo, y aunque no me gustaba nada la idea de que una demonio pusiera sus manos sobre mi, me gustaba saber que me vería bien aquella noche, que podía alcanzar los límites de mi belleza femenina, que podía sentirme hermosa sin sentirme cohibida; y, la vanidad se apoderó de mí.
—Nada mal—puntualizó Lola cuando se apartó por fin y ambas me miramos en el reflejo del espejo—soy dios.
—No, no eres. —La contradije, había una sonrisa soberbia en mis labios—pero, no está mal.
De verdad no estaba nada mal, a pesar de que la mitad de mi cara estaba cubierta por una máscara negra, con plumas, rosas y encajes azul aguamarina, el cambio era evidente. La Annette al otro lado del espejo parecía provenir de otro mundo paralelo, donde ella era diferente… ella era hermosa a comparación con la chica que normalmente veía todos los días delante del espejo, la nueva Annette pertenecía a ese mundo sobrenatural, por primera vez se sentía a la altura de Engel Jackocbsob y no su juguete personal.
Terminé de abrochar las correas de los zapatos de tacón y volví al dormitorio con Lola siguiéndome el paso. Allí ya esperaba mi novio, le sonreí y me pasé a su lado marcando mi territorio, le devolví una sórdida sonrisa a la chica quien podía ser su acompañante en la cama, pero yo era más que una muñeca que satisfacía placeres mundanos, lo sabía, así era.
—Has hecho un excelente trabajo, Lola. —dijo Engel pasando su brazo detrás de mi cintura.
—No olvides el acuerdo, Diemth.
—No lo olvido, ahora… vuelve a la fiesta, creo que más de uno reclama tu presencia, Lujuria.
Lola se marchó con andares coquetos.
— ¿Su acuerdo? —arqueé una ceja. Sí, estaba celosa y había más de una razón para desconfiar de la fidelidad de él. —Ahora tienes novia.
—Pero mi novia sólo tiene sexo conmigo cuando está ebria. —rió entre dientes y me besó en la frente. —No hay nada de que preocuparse, en realidad no se trata de eso, lo prometo.
Solté un suspiro. Había cosas que no le podía exigir, era como pedirle que dejara de respirar, y, efectivamente yo no volvería a estar con él… a menos que estuviera ebria (aunque sólo había pasado una vez).
—Es hora.
Después de ponerse la máscara tomó el colgante de la mesilla y pasó su mano detrás de mi cuello para ponérmelo.
—Por seguridad. —sonrió.
Entonces se puso a mi lado extendiendo su brazo como un acto gallardo de impecable caballerosidad, como respuesta pasé mi brazo a través del suyo y salimos.
Desde allí se podía escuchar música y percibir una vicioso y penetrante aroma a lavanda. Mis piernas comenzaron a temblar al detenernos en la parte alta de las escaleras del salón principal, mi corazón palpitó de nervios, pero traté de caminar con naturalidad con la espada erguida, los hombros hacia atrás y la barbilla levantada, no tenía nada que temer mientras Engel estuviera a mi lado.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido y la música dejado de sonar; cientos de demonios alzaron la mirada para vernos a los dos híbridos entrar en escena. 



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